C��mo llegar a Corferias

CUAN

  
 
 

 

 

EL CENTRO URBANO ANTONIO NARIÑO

Ser vigente y moderno más allá de los 50´s.

 

En el tránsito hacia el occidente de Bogotá y cuando nos dirigimos a una de las múltiples actividades de Corferias, desde la Avenida de las Américas se aprecia una especie de oasis urbano en el cual se asoman por tramos intermitentes, camuflados detrás del follaje y la vegetación una serie de edificios altos, una iglesia, unos bloques bajos y luego nuevamente edificaciones altas en ladrillo y piedra, con una geometría tan racional y ordenada que si se tratara de una primera visita al recinto ferial, llamaría la atención el conjunto urbano por su equilibrada modernidad.

 

 

Sin embargo, al hacer memoria se cae en cuenta de que el conjunto urbano siempre ha estado allí, con una lozana vigencia arquitectónica que plantea un interrogante para legos y profanos sobre su verdadera edad arquitectónica, especialmente cuando se lee en el muro que se encuentra frente al área de ingreso a Corferias: “Centro Urbano Antonio Nariño, Monumento Nacional”.

 

 

Para empezar a comprender esta sensación de permanencia serena, austera y casi solemne, vale la pena recordar algunos antecedentes que ponen de relieve la iniciativa y los escollos naturales que afrontaron quienes prefiguraron esta visión perdurable de futuro, a pesar de los obstáculos iniciales de este notable emprendimiento arquitectónico que se erige hoy en el paisaje como un hito urbano del Distrito Capital y a la vez un ícono de la historia de la arquitectura moderna en Colombia.

 

 

Al Centro Urbano Antonio Nariño, lo precede la construcción del barrio Acevedo Tejada, colindante en su momento con la antigua línea del ferrocarril de norte y del nordeste, cuando todavía El Recuerdo era apenas una finca próxima a los terrenos del ejido de Bogotá.

 

 

En esta misma zona rural y suburbana se eligió un gran lote como recurso para estimular el desarrollo hacia el centro-occidente, y al mismo tiempo mitigar la tendencia de desarrollo norte-sur paralela a los cerros, a partir de la construcción de la Ciudad Universitaria, desarrollada  bajo la administración del gobierno de Alfonso López Pumarejo, cuando se compró un terreno de 130 hectáreas del predio El Salitre, en lo que para entonces era considerado las afueras de Bogotá, a una distancia aproximada de 500 metros del sector de Teusaquillo, en un predio aledaño a la carrilera del ferrocarril. Para reforzar la necesaria tendencia de crecimiento hacia el occidente, el concejo municipal aprobó el Acuerdo 21 de 1944 que reglamentó el uso y zonas urbanizables y definiría el área de lo que sería posteriormente el futuro desarrollo del CUAN (Centro Urbano Antonio Nariño) y CORFERIAS como zona de uso mixto (vivienda, comercio y servicios).

 

El proceso de crecimiento se fue consolidando cuando en el año 1948 se construye la Avenida de las Américas, en ocasión de la celebración de la Conferencia Panamericana.  El desarrollo esta amplia Avenida permitía conectar el centro de la ciudad con el hoy desaparecido Aeródromo de Techo.

 

 

El Bogotazo y la reacción popular ante el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán revelan los problemas derivados de la densificación del tejido urbano central y la creciente urbanización espontánea, que con los efectos de los disturbios deterioraron la ciudad física, social e institucionalmente, estimulando la intención de mitigar la concentración de actividades en la zona central, devastada por los acontecimientos posteriores al nueve de Abril.

Para la década de los cincuenta, los constructores y urbanizadores responden a las señales de la planificación urbana municipal al continuar el desarrollo de los barrios Acevedo Tejada, Gran América, El Recuerdo y Quinta Paredes.

 

 

En este contexto, en medio de una gran área verde, emerge en el perfil de la ciudad una serie de construcciones bajas, medias y cada vez más altas, situación que despierta el asombro y la admiración así como la resistencia de algunos escépticos adversos a los cambios que planteaba el espíritu de la modernidad considerando el nuevo desarrollo una amenaza para la sociedad.

 

 

Las nuevas ideas urbanísticas y arquitectónicas tienen su correspondiente soporte político, que sería objeto de críticas aparentemente técnicas: “el suelo de la sabana de Bogotá no soporta edificaciones tan altas y pesadas” y: “El nuevo Centro Urbano Antonio Nariño es un atentado contra la moral y las buenas costumbres” porque con la concentración en bloque multifamiliares en altura se estimularía la promiscuidad de sus habitantes, así mismo no faltaría quienes se opusieran a este nuevo tipo de desarrollo arquitectónico arguyendo que se les estaban vendiendo “casas en el aire” a la población objetivo del proyecto.

 

 

El escritor Rogelio Iriarte Martínez, residente y conocedor de la historia del CUAN afirmaba en una entrevista periodística que “antes corría el rumor de que los edificios altos no se podían sostener en pie por mucho tiempo, situación que hizo más difícil la venta de los apartamentos” ya que según Iriarte en ésta época no se consideraba “un buen negocio comprar una vivienda sin lote”[1]

 

 

Sin embargo, el desarrollo de este conjunto residencial, pionero en el urbanismo y la arquitectura residencial del movimiento moderno fue recibido por los sectores académicos y profesionales más sensatos con optimismo y como un síntoma de evolución de las ideas, afiliación a la arquitectura moderna, progreso económico y desarrollo urbano.

 


[1] Fuente: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4526657

 

 

Según historiadores de la arquitectura “El Centro Urbano Antonio Nariño es el “primer proyecto de vivienda multifamiliar en altura que funcionó bajo el sistema de propiedad horizontal. Impuso su propia estructura urbana: una supermanzana con amplias y novedosas zonas verdes, una gran red peatonal y gigantescos bloques sueltos de vivienda en una considerable zona comunal (un esquema de ciudad dentro de la misma ciudad).”

 

 

Los prejuicios sobre las edificaciones en altura remiten a los imaginarios de la época, como reacción frente a la novedad de lo que para entonces era considerado un alarde constructivo, en su momento replanteaba y representaba una propuesta innovadora, ya que el CUAN sería el conjunto habitacional de mayor escala del país.

 

 

 

De esta manera, el CUAN sirvió como observatorio de desarrollo para un modelo de vivienda económica. Inicialmente, los apartamentos fueron arrendados, para explorar como se adaptarían los usuarios a este tipo de vivienda. Existía curiosidad sobre el posible desarraigo que podría generar la altura, su efecto sobre la vida en comunidad, problemas de seguridad y otros relacionados con las áreas comunes, sin embargo, al cabo de pocos años de ocupación se consolidó como toda una unidad sociocultural, con un ambiente especial de acuerdo a sus singulares condiciones paisajísticas, ambientales, dotacionales y de infraestructura que le permitían a sus habitantes no solo disfrutar de sus servicios internos sino de la conectividad vial circundante, ya que resultaba expedito trasladarse a los lugares de trabajo, hacia el centro principalmente, y a sitios de estudio, gracias a la proximidad con la Universidad Nacional.

 

 

El CUAN posee el mismo espíritu de la arquitectura moderna que inspiró la Unidad habitacional de Marsella (Francia) y bajo los conceptos de los Congresos Mundiales de Arquitectura Moderna,  con principios tales como la concentración de unidades en bloques residenciales en medio de un predio mayor, con amplios espacios para el comercio, la recreación pasiva y activa, el deporte, la enseñanza, el culto. Estos preceptos inspiraron la propuesta de diseño elaborada por la firma de jóvenes (entonces) arquitectos de Rafael Esguerra, Enrique García Merlano, Daniel Suárez, Juan Meléndez y Néstor Gutiérrez.

 

 

Según la valoración oficial de La Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura:

 

 

“El conjunto fue pionero a nivel constructivo, sus materiales, estructura y técnica, eran consideradas revolucionarias en ese momento, en la búsqueda de satisfacer los requerimientos de un proyecto de estas características, la construcción se elevó gracias a un sistema de estructura portante de vigas y columnas en concreto armado, las placas de entrepiso fueron montadas en una estructura reticular celulada en concreto armado.”[1] Situación que igualmente generó contradictores argumentando riesgos constructivos.

 

 

Existe en el imaginario local la conciencia de la incidencia de los principios de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) y de Le Corbusier en la propuesta de diseño del proyecto; para 2008, Marina Stark, quien desde entonces es administradora del CUAN, señalaba que muchos bogotanos que transitaban el sector no sabían “que el Centro Urbano Antonio Nariño es considerado una joya arquitectónica”, porque sus diseños siguen al pie de la letra las teorías del suizo Charles Edouard Jeanneret-Gris (Le Corbusier) considerado el padre de la arquitectura y el urbanismo moderno”[2].  Así mismo agregaba que “tampoco saben que el Centro Urbano Antonio Nariño es una copia exacta del conjunto residencia Tusschendijken, que existió en la década del 50 en Rotterdam, Holanda”.“Por eso el CUAN se ha convertido en un ejemplo singular en Colombia de desarrollos de vivienda de alta densidad, de gran impacto urbano, que conserva intactos la totalidad de sus valores patrimoniales, en especial su autenticidad para estudios y especialistas se constituye en un claro y quizá mejor ejemplo del urbanismo moderno en Colombia”[3],

 

 

La forma o morfología del Bien de Interés Cultural BIC ha sido descrita por historiadores como Silvia Arango, Carlos Niño, Alberto Saldarriaga y por  la resolución de la declaratoria en donde se subraya el repertorio formal esencial del conjunto, gracias a un lenguaje moderno muy definido, donde se identifican claramente elementos típicos como la planta libre en la mayor parte de los edificios, la austeridad en sus fachadas, los volúmenes esbeltos y el manejo de condiciones ambientales como determinantes de diseño, específicamente para la asoleación, la complementación de usos, donde se desarrolla una completa infraestructura de vivienda y de servicios, logrando el ideal de autosostenibilidad.

 

 

Al día de hoy, el conjunto mantiene, gracias a sus residentes, sus características estéticas, tanto morfológicas como tipológicas iniciales, hecho que destaca el grado de apropiación de sus residentes y su declaratoria como patrimonio inmueble.

 

 

Como herramienta documental vale la pena traer a cuento algunos de los más destacables criterios que la dirección de patrimonio subrayó para someter a consideración del Consejo de Patrimonio Nacional los valores culturales del conjunto: “en donde al concepto de crear nueva ciudad, brindó calidad de vida. Adicionalmente, se da inicio a la venta de propiedad horizontal a gran escala.”[4]

Sin embargo, según uno de sus más antiguos residentes, Hipólito Hincapié “en 1958 no había opción de compra.  Y para arrendar un apartamento, el Instituto de Crédito Territorial (ICT) enviaba funcionarios a las casas de los aspirantes a evaluar si éramos o no dignos de vivir aquí”.  Sólo hasta 1960 se les permitió a los arrendatarios adquirir los apartamentos con un esquema financiero e inmobiliario muy estimulante porque a quienes llevaban algún tiempo de vivir en el conjunto se les abonaba el pago de los arriendos anteriores como cuota inicial.

 

 

Hoy, en razón del alto grado de apropiación de su hábitat y a las interacciones sociales y culturales que su disposición urbana y calidad de vida propician puede considerarse como una unidad sociocultural comparable, en la construcción de su tejido social, a un barrio tradicional de un Centro Histórico Patrimonial.

 

 

 

En relación con el valor simbólico del CUAN, representa, dentro del imaginario colectivo un ícono de la modernidad, tanto para sus residentes como para los aficionados a la arquitectura, en su condición de referente de una manera innovadora y distinta de disponer, componer, diseñar y construir aún hoy en día, un conjunto habitacional en altura respecto al entorno urbano en el que se implanta: “Para la historia de la arquitectura en Colombia el CUAN representa el ejemplo más significativo del urbanismo moderno, cuyo origen se centra especialmente en Europa a través de los postulados de los CIAM y Le Corbusier, principalmente.”[5]

 

 

Por lo tanto, el acta de declaratoria señala de manera concluyente que “para dar cumplimiento al artículo 8 de la Ley 397 de 1997, la Dirección de Patrimonio presentó a consideración del Consejo de Monumentos Nacionales (hoy Consejo Nacional de Patrimonio) el estudio de solicitud de declaratoria como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional de El Centro Urbano Antonio Nariño, según consta en Acta No. 07 de 15 de diciembre de 2000 y al verificar que posee valores propios de constitución, de autenticidad, de originalidad, formales y estéticos y representatividad histórica y cultural, decidió emitir concepto favorable y recomendar a la señora Ministra de Cultura su declaratoria de acuerdo a la solicitud.”[6]

 

 

A manera de reflexión quedan múltiples lecciones sobre las reacciones frente a nuevas intervenciones en un contexto dinámico y cambiante en donde tres hitos urbanos, dos patrimoniales como El CUAN y La Universidad Nacional y otro no patrimonial como Corferias contribuyeron con sus respectivos usos y vitalidad urbana a fomentar la consolidación del desarrollo urbano de este importante sector de la ciudad.

 

 

Asimismo y atendiendo el proverbio oriental “solo permanece lo que cambia” es decir, lo que tiene la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones históricas, sociales y culturales, cada uno de estos ejemplares se prepara frente al futuro. El CUAN, predominantemente habitacional en su vocación de permanencia, la Universidad Nacional en su compromiso como referente de calidad educativa afronta el reto de atender una mayor demanda cuantitativa de estudiantes, y el recinto ferial en su labor para impulsar el fomento al desarrollo económico con compromiso social.

 

 

En la actualidad, luego de colocar en perspectiva las afirmaciones de detractores que en su momento señalaban el proyecto como un atentado a la moral, hoy los vecinos destacan orgullosamente que después de cinco décadas la mayoría de residentes permanecen en el conjunto “y aquí seguiremos porque es el mejor vividero del mundo”.

Parecen haber quedado atrás los argumentos y las prevenciones frente a propuestas nuevas en las cuales existe el compromiso por conservar, adaptar y mantener el patrimonio, así como para generar nuevos íconos urbanos que a futuro se erijan como manifestaciones de nuestra época, para enriquecer el legado patrimonial del presente.



[1] Resolución Número 0965 de 2001 ‘Por la cual se declara como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional El Centro Urbano Antonio Nariño, localizado entre la carrera 40, la calle 22F, la carrera 36, la Avenida de las Américas y la Avenida de la Esperanza (diagonal 22B), Zona 13, Localidad de Teusaquillo de Bogotá, D C.”

[2] Fuente: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4526657

[3] Resolución Número 0965 de 2001 ‘Por la cual se declara como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional El Centro Urbano Antonio Nariño, localizado entre la carrera 40, la calle 22F, la carrera 36, la Avenida de las Américas y la Avenida de la Esperanza (diagonal 22B), Zona 13, Localidad de Teusaquillo de Bogotá, D C.”

[4] Resolución Número 0965 de 2001 ‘Por la cual se declara como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional El Centro Urbano Antonio Nariño, localizado entre la carrera 40, la calle 22F, la carrera 36, la Avenida de las Américas y la Avenida de la Esperanza (diagonal 22B), Zona 13, Localidad de Teusaquillo de Bogotá, D C.”

6 Idem

7 Idem

 

(Publicado junio 2015)